viernes, 1 de noviembre de 2024

La virtud de la fidelidad

 La virtud de la fidelidad.

La virtud de la fidelidad es el mantener el compromiso libremente aceptado y el empeño en terminar cualquier misión en la que uno se a comprometido.

La fidelidad es, como dice Santo Tomás, "cumplir exactamente lo prometido, conformando de este modo las palabras con los hechos".

Somos fieles si guardamos la palabra dada, si nos mantenemos firmes a pesar de los obstáculos y dificultades en los compromisos adquiridos.

La fidelidad está íntimamente unida a la perseverancia y con frecuencia se identifica con ella. 

El ámbito de la fidelidad es muy amplio: con Dios, entre cónyuges, entre amigos. Es una virtud esencial: sin ella es imposible la convivencia. Referida a la vida espiritual, se relaciona estrechamente con el amor, la fe y la vocación.

Nuestra época no es una que se caracterice por el florecimiento de esta virtud de la fidelidad, quizá por el Señor nos pide que la apreciamos más tanto en nuestros compromisos de entrega adquiridos como el en la vida humana y en las relaciones con otros. 

Toda la fidelidad debe pasar por la prueba mas exigente: la duración. 

Es fácil ser coherentes por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Y solo puede llamarse fidelidad a una coherencia que dura a lo largo de nuestra existencia, ya sea en la calma como en las tempestades. 

Lo contrario, que es la infidelidad nace de la soberbia, por lo cual el hombre no somete su entendimiento a las reglas de la fe y a las enseñanza de los padres.

El infiel se enfurece cuando los demás no son fieles en pequeños detalles y sus exigencias son exageradas no fiándose de nadie, para nada. Creen que todos son infieles como ellos y viven llenos de desconfianza. 


Autor: anónimo 


     


Carta sin fecha

 Carta sin fecha

Amigo: se que existes, pero ignoro tu nombre.

No lo he sabido nunca ni lo quiero saber.

Pero te llamo amigo para hablar de hombre a hombre,

que es el único modo de hablar de una mujer.


Esa mujer es tuya, pero también es mía.

Si es más mía que tuya, lo saben ella y Dios.

Solo se que hoy me quiere como ayer te quería, 

aunque quizá mañana nos olvide a los dos.


Ya ves: ahora es de noche. Yo te llamo mi amigo. 

Yo, que aprendí a estar solo para quererla más; 

Y ella, en tu propia almohada, tal vez sueña conmigo,

Y tú, que no lo sabes, no la despertarás.


¡Qué importa lo que sueña! Déjala así, dormida.

Yo seré como un sueño sin mañana ni ayer. 

Y ella irá de tu brazo para toda la vida,

Y abrirá las ventanas en el atardecer.


Quédate con ella. Yo seguiré el camino. 

Ya es tarde, tengo prisa, y aun hay mucho que andar, 

y nunca rompo el vaso donde bebí un buen vino, 

ni siembro nada, nunca cuando voy hacia el mar.


Y pasaran los años favorables o adversos,

y nacerán las rosas que nacen porque si; 

y acaso tu, algún día, leerás versos, 

sin saber que los hice por ella y para ti... 


Autor: José A. Buesa