sábado, 28 de febrero de 2015

Soñé que eras mi vida

Soñé que eras mi vida

Soñé que era mi vida un manantial sonoro
de transparentes ondas, y que, al hacerme un río,
cruzaba por un campo de abrojos cuyo hastío
borrabas al conjuro de mi canción de oro.
La voz de mi corriente y el agua de mi cauce
tan prodigas vertían su savia por el yermo,
que en aquel campo, antes todo aridez, enfermo,
su pan dio la áurea espiga y dio su sombra el sauce.
Después sentí que espesas bandadas de palomas
y pájaros cantores, desde unas breves lomas
que azules recortaban la clara lejanía
Vinieron a abatirse con gozo en mi ribera,
Mientras que, como un soplo de ardiente primavera,
el aire en mis espumas jugando se reía.
Así sea tu paso, igual, oh pergamino,
que allí donde tu plantase pose siempre amigo
el sauce de su sombra y de su pan la espiga
para que el hombre encuentre mas fácil su destino.
Si lo que soñaba, un agua milagrosa
que ofrezca alegre y pura, su savia, de tal modo
que piedra, tizón, sierpe, ortiga, sombra o lodo,
o su contacto se hagan de luz como la rosa.
Desprecia en tu camino las furias de los canes
del odio y las envidias, y cuida en tus afanes
que el fruto que tu entregues, este siempre en sazón.
Camina como el lírico Rabí  de Galilea
en una mano lleva la antorcha de la idea
y en la otra, hecho una llama, tu rojo corazón.

Autor: Fernando Lopez Martin

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